miércoles, 26 de agosto de 2009

Un horror recurrente

No una, sino decenas de veces; uno de esos sueños recurrentes. Deambulo por un cementerio semi derruido; la mayoría de los mausoleos están rotos y dejan entrever su contenido. O sea, veo cuerpos marrones, casi amaderados, que sobresalen de los mármoles. Hay brazos, piernas, cráneos apolillados que se muestran a mi paso. El escenario es espeluznante. Creo que me gané este sueño en algun paseo adolescente por el cementerio de la Chacarita; en comparación con los cementerios judíos, que eran los únicos que yo conocía, los cristianos son terriblemente explícitos. Todo el ritual mortuorio, podríamos decir, es más sobrio y menos exhibicionista en el credo judío. En ese paseo vespertino con mi amiga C. que estaba loca por la imaginería fúnebre -vivía a dos cuadras del cementerio y desde su balcón bebíamos cervezas con vista al ángel que toca el clarinete- creo haber entrevisto tumbas a las que el tiempo había maltratado más de lo aconsejable. También eso difiere entre religiones: para los judíos, el muerto que entró a la tierra le pertenece, ha vuelto a ella; jamás se podría contemplar la posibilidad de pasarlo a un osario común luego de un tiempo. Tampoco está permitido hacer otra cosa que enterrar: por eso quizás los mausoleos, con sus ataúdes exhibidos, me impresionaron tan fuertemente.
En mi sueño doy vueltas laberínticas por un camposanto que cada vez me aterroriza más, aunque nunca logro dar con la salida antes de despertarme.

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