Había una tarántula. Yo corro a buscar un insecticida con el cual matarla. Cuando vuelvo veo que la araña está en realidad posada sobre lo que al principio es un gato y a medida que avanza el sueño, es un niño de unos cinco años. Yo ya he comenzado a pulverizar el insecticida sobre la araña y veo cómo el gato-luego-niño empieza a contorsionarse producto del veneno. Lo curioso, y angustiante, del sueño, es que en lugar de ayudarlo tengo la horrible sensación de que ya no puedo hacer nada y de que lo mejor que puedo hacer es tratar de ocultar el crimen. El gato-luego-niño se arrastra hasta la barandilla de mi terraza y trata de agazaparse ahí. Me despierto con una desesperación tremenda
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