miércoles, 15 de septiembre de 2010

Por el ojo de una cerradura






No me digan que la fotografía estenopeica, con esos bordes desdibujados y esa luz extraña, no parece extraída de un sueño.

Encuentro bucólico con R.C.

En este sueño, me encuentro, finalmente y después de tantos años, con R.C. Al principio mi actitud es un poco tensa e impostada. Nos hallamos en algo así como un gran jardín y aún no nos hemos visto.
Cuando finalmente se cruzan nuestras miradas, hay inmediata simpatía y ya no siento que deba estar nerviosa. Sonreímos y decidimos que nos sentaremos a charlar.
R.C. toma asiento en un banco sobre el césped y yo por algún motivo no encuentro ningún sillón que me parezca cómodo, por lo cual voy probando varios hasta que me decido a sentarme sobre el césped (cosa que no haría jamás estando despierta) Eso nos hace reír.
R.C. ha escrito libros para niños y rompe uno en mi presencia, diciéndome que ya es muy viejo. Yo le digo que es una pena, que podríamos habérselo regalado a mi hijo de cinco años. El entonces comenta otras cosas sobre sus hijos, y de pronto la conversación sobre nuestras familias y parejas actuales se torna natural. El me cuenta que debe regresar rápido a su casa porque su mujer sale de viaje y quiere estar con ella. Esto no me produce ninguna punzada de celos, lo cual, en el sueño, me sorprende.
R.C. insiste en que nos tomemos fotos; junto a nosotros está una de sus jóvenes colaboradoras quien candorosamente se ofrece a tomarnos una foto sentados en el parque. Yo sonrío y les digo que no me gusta que me saquen fotos, pero la toma sale linda.
Luego R.C. también insiste en que quiere darme una llave de su lugar de trabajo, el viejo laboratorio donde yo también trabajé en su día. Le digo, algo cohibida, que no hace falta ya que no volveré muy seguido por ahí. Pero él está muy decidido a dármela, y tiene en su mano un gran manojo lleno de llaves del que escoge la más pequeña (clara intromisión del cuento Barba Azul, que le leí a mi hijo la noche anterior)
Estamos frente a frente, charlando como en los viejos tiempos, sonriendo, relajados. Yo le cuento que unos minutos antes me he cruzado por azar con el Dr G… (célebre abogado que aparece en la tele) y hemos discutido acaloradamente sobre la existencia o no de Dios. Yo le he dicho que lo único que pretendo es que las personas religiosas acepten la posibilidad de que no haya un Dios, y consideren cuántas decisiones toman hoy en día basados en la total creencia de que sí lo hay. Dentro de mi sueño, esta reflexión me parece novedosa y brillante. R.C. se asombra y le divierte mucho mi discusión con el famoso personaje.
Y entonces comprendo por qué no me dio celos la referencia a su esposa. Es que este hombre que tengo enfrente, descubro de pronto, es bien diferente al que era hace quince años, cuando lo conocí. El rostro es vagamente parecido pero está más flaco, viejo, consumido. Incluso la nariz y la voz son algo distintas. De repente comienzo a dudar que se trate de él. Planeo, en el sueño, esperar a quedarme sola con la colaboradora para preguntarle si realmente se trata del Dr R.C. Luego me doy cuenta del absurdo. Es el, pero está más viejo, como es natural.
Cuando la colaboradora nos está por tomar una última foto, en la que posamos sonrientes, irrumpe el despertador.