jueves, 13 de agosto de 2009

Incesto (extraído de la novela Fuego Fatuo)

Estoy sentada en una cama junto a mi padre, que no es Padre sino un apuesto hombre rubio de unos cincuenta años. Su piel está bronceada y tiene los ojos de un azul imposible. Es muy bello y yo creo que he tenido hace poco la revelación de que soy la hija de aquel hombre.
Sin embargo lo amo, o es más acertado decir que confío en él, que he ido a su lado porque tengo miedo. Le digo que he estado viendo imágenes fantasmales y que creo que es mi propio hermano quien las proyecta ante mí para asustarme. El se ríe y desestima mis temores; siento que se debe a que ama al Delfín más que a mí e intenta encubrirlo. Hay algo de temer en este padre mío, como una vaga sensación de que es ladino y puede traicionarme. Se parece a algún personaje cortesano que he visto en el cine, Cagliostro tal vez. A pesar de eso persiste la idea de que lo quiero y le entrego mi confianza.
De un instante a otro, los dos estamos en el piso a un lado de la cama haciendo el amor con furia impropia. Yo estoy arriba y sus manos aferran mis caderas con fuerza, haciéndome sentir un dolor tenue y progresivo. El no acaba pero se mueve de maravilla y se ocupa de que yo sí tenga un orgasmo.
Cuando hemos terminado, me echo a llorar y mi padre me pregunta entre risas por qué soy tan tonta y cómo es que lloro después del buen momento que pasamos. El ya está otra vez echado sobre la cama y yo, de rodillas a su lado, le digo que cuando no tenía un padre estaba feliz de no tener la oportunidad de cometer incesto, y que ahora ya lo había cometido sin remedio. Me invade un sentimiento de tristeza o fatalidad más que de arrepentimiento. El me atrae hacia sí, me recuesta a su lado y toca mi pelo; no consigo perder la funesta idea de que algo malo va a sucederme. A continuación miro la mano que me acaricia y la veo convertida en una garra; mi padre rubio del sueño ya no tiene dos manos sino una mano y una garra espantosa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario