Estoy en una especie de café con mesas al aire libre, en medio de un patio antiguo. Me siento a una de esas mesas y ésta comienza a rodar, llevándome lejos de mi sitio original. Me quejo a una de las camareras y ella contesta que yo misma debo llevar la mesa de vuelta a su puesto. Ordeno un café para mí y maíz para alimentar a las palomas; hay muchas de ellas, pero no comen los granos que les doy. Me digo que deben estar satisfechas porque se las ve robustas, aunque sí comen el maíz que otras personas les arrojan. Algunos paseantes llevan aves sujetas con una correa igual que perros domesticados. A un lado, en el rellano de una escalera, hay un niño muy hermoso que lleva un cabrito atado con una cuerda tosca. Ambos están quietos, como si posaran para una foto. Junto a ellos está un anciano cuyos ojos tienen un brillo azul profundo, que trata de silbar una melodía y sostiene entre sus dientes una flor de campo. Sé que intenta decirme que en otro tiempo, fuera de este sueño tal vez, ha sido pastor y solía cantar esa melodía para llamar a las cabras. Yo sonrío para que sepa que lo he comprendido.
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