En mi sueño estoy embarazada, y la idea me hace extremadamente feliz. Un gozo inmenso al ir revelandole la noticia a amigos, familiares, compañeros de trabajo. Dentro del sueño me digo repetidas veces que esta vez no es un sueño, que estoy dentro de la realidad: de alguna manera misteriosa lo rechequeo, lo constato, aunque no recuerdo cómo.
Subo a un ferry que me lleva a través de un río. El viaje discurre, placidamente.
En el mismo sueño se entrevera el elemento reiterativo de que debo algunas materias para recibirme, y deambulo por una institución educativa -una universidad quizás -averiguando cómo rendirlas antes de dar a luz.
Cuando me despierto, tardo unos segundos en comprender que el embarazo sí era un sueño, y es un descubrimiento muy amargo. Nunca, fuera de este estado de semivigilia, he sentido con tanto desgarro la idea de la matriz vacía.
Justo ayer, me había sentido absolutamente convencida de haber dejado atrás la fantasía del segundo hijo. Estaba segura y en paz. Los sueños a menudo nos traen a la orilla, como cuerpos, cosas perturbadoras que ya creíamos sumergidas.
jueves, 3 de abril de 2014
Matriz
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